País: Honduras


Por amor al prójimo: concluye segundo día de la Feria de Metodologías para la Construcción de la paz

Después de una jornada de 8 hrs de trabajo y con una participación de 163 personas,  concluye el segundo y último día de la Feria de Metodologías para la Construcción de la paz, en donde dieron a conocer las experiencias surgidas de los centros de escucha en países como México, El Salvador y Colombia. A su vez, se presentó oficialmente la caja de herramientas de la Comunidad de Práctica- Caminando hacia la Paz.

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Feria de Metodologías para la Construcción de la paz

Caminando hacia la Paz es una red de organizaciones de la Iglesia católica que nació en 2020 en el contexto de la crisis mundial y, en específico, en nuestra región, América Latina y el Caribe. Las organizaciones que formamos parte de esta comunidad de práctica buscamos sinergia para potencializar la no violencia y la paz; conectamos y cohesionamos a personas e instituciones especializadas en reconstruir relaciones afectadas por los impactos negativos de las violencias y los conflictos mediante la prevención (atención primaria), la mediación individual y comunitaria (atención secundaria), la promoción y el fortalecimiento de una cultura de paz y no violencia (atención terciaria) y así, juntos lograr mayores y más significativos impactos transformacionales.

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Experiencia – Feria de Metodologías para la Construcción de la paz

La respuesta a la pregunta de por qué debiéramos comprometernos con la construcción de la paz es porque somos una Iglesia servidora, como dice el Concilio Vaticano II en la Constitución Dogmática Lumen Gentium (LG, 1). Adicionalmente, la Constitución Pastoral Gaudium et Spes señala que «el gozo y la esperanza, las tristezas y las angustias de nuestros hermanos, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos (y víctimas de violencia), son también gozo y esperanza, tristezas y angustias nuestras, de los seguidores de Jesús […]» (GS 1). «Es la persona humana la que hay que salvar y es la sociedad humana la que hay que renovar» (GS, 3), nos recuerda la exposición del 22 de marzo del cardenal Ramazzini, citando Pacem in Terris, de Juan XXIII. Este papa, el Papa Bueno, expresó de manera urgente, hace ya varias décadas, que «Somos responsables de contribuir a la paz en la tierra».

La Iglesia, como Madre, Maestra, pero también Hermana, vive y trabaja codo a codo con todas las personas de buena voluntad y sabe que «la paz es hija de la justicia». Esto constituye un saber que es experiencial, más que teórico o dogmático, y compromete la búsqueda de espacios constructores de justicia para que sea posible la paz, sabiendo además que el Amor rebasa la justicia y que es el Amor el que sana, restaura, desde lo más hondo, las heridas de la violencia.

Estamos en un mundo material, limitado y en construcción (Torres Queiruga); en un mundo que también se encuentra roto por las injusticias y las muchas formas de violencia. Vivimos un tiempo que nos parece de retroceso histórico, donde las sombras nos cercan (para hacer eco de lo que el papa Francisco nos dice en el capítulo I de Fratelli tutti, dedicado a las sombras de un mundo cerrado); pero hay esperanzas, nos dice al final ese mismo capítulo, porque «Dios sigue derramando en la humanidad semillas de bondad» y, por consiguiente, nos invita a salir de las propias comodidades «para abrirnos a ideales que hacen la vida más bella y digna». Ciertamente, reconocer esas semillas que anidan en lo más profundo de los corazones rotos y animarnos a remover junto con ellos la tierra y ayudar a que broten, hace la vida de todos más bella y digna (la de ellos y las nuestras).

Por otra parte, en esta Cuaresma hemos leído y meditado que «tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo»; es decir, este mundo empecatado y sufriente es amado por Dios, pero ¿cómo amaría Dios sin nuestras manos, sin nuestra inteligencia, sin nuestra creatividad? Vale la pena recordar, entonces, que Cáritas «es la ternura de la Iglesia» que llega a los rincones más olvidados de la tierra y a las víctimas de los sistemas que deshumanizan.

La Doctrina Social de la Iglesia es muy rica y procura animarnos a construir en el sentido del sueño primigenio de Dios que crea por amor, que salva por amor, que quiere la plenitud de sus hijos e hijas viviendo en comunión en una tierra en la que hagamos manar leche y miel, no que explote en minas diseminadas por el suelo, en bombas que estallan en los aires, en rostros pintados de odio que golpean y matan a inocentes a diario, que secuestre vidas y sueños, que comercie con armas, con drogas tanto como con mujeres, niñas y niños…

Desde el Concilio Vaticano II, la relación Iglesia-Mundo se ha modificado y nos sentimos parte y corresponsables junto con todas las personas de buena voluntad. Más aún, no nos sentimos salvadores desde afuera –el Salvador es Jesucristo–, sino también nos reconocemos parte del problema, parte de un sistema injusto y violento que lo reproduce. No somos inocentes, ni somos ajenos a la realidad, al sistema mundo que provoca violencia y descarte por acción, pero seguramente más por omisión, por ausencia y hasta por distracción. Porque somos parte del problema, podemos ser parte de la solución di-soñando juntos (es decir, diseñando en función de los sueños).

En estos 8 años de pontificado, el papa Francisco ha tenido una mirada y una hermenéutica de la realidad profética no siempre bien valorada dentro de la Iglesia. No obstante, sus documentos han sido claves para los movimientos sociales, para los que procuran defender el planeta de los ataques continuos que son también violencia, para los que luchan por la dignidad de las personas y por la unidad de los pueblos. Francisco nos ha regalado la Laudato si y, hace unos meses, la Fratelli tutti… Ambos son documentos no para leer y archivar en la biblioteca, sino para rezar, para que nos iluminen y orienten en esta noche oscura de la historia.

En relación con la construcción de la paz, el capítulo VII de Fratelli tutti, llamado «Caminos de reencuentro»” (225 al 270), puede ser nuestro programa guía; podríamos leerlo en nuestras Cáritas, en nuestras comunidades de trabajo, con la gente a la que servimos. Al comenzar este capítulo, dice el papa: «hacen falta caminos de paz que lleven a cicatrizar las heridas, se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y reencuentro con ingenio y audacia». Y esto es precisamente a lo que los programas en los que estamos trabajando aspiran.

En este caminar, es importante que no olvidemos a la ciencia, con su labor autónoma y, a la vez, auxiliar. Señalo esto porque no podemos pecar de pelagianismo, de voluntarismo. Perdonar no es fácil, el tema del perdón supone un largo camino donde es imprescindible la Gracia, el Amor sanador de Dios, junto con la ayuda de los hermanos y de las disciplinas que puedan aportar las herramientas necesarias. El tema del perdón no puede manejarse a la ligera sin ejercer más violencia sobre las víctimas; por eso es importante que recordemos los cuatro perdones de los que nos habla la psicología: pedir perdón, estar dispuestos a perdonar, perdonarme y pedirme perdón a mí mismo.

También nos pueden iluminar, por su experiencia, varones y mujeres que han sufrido mucha violencia y que han hecho un trabajo espiritual que los convierte en modelos: Gandhi, Mandela, Viktor Frankl, Simone Weill, Madelaine Lebrel, Etty Hillesum. Esta última nos dice, en medio del dolor de los barracones nazis, que en el mundo ya hay tanto odio que no podemos agregarle una gota más; solo podemos amar y ser el bálsamo de todas las heridas de la humanidad, el consuelo de todo el llanto del barracón.

También nos auxilia el aporte de la filosofía en relación con la construcción del sujeto en los procesos de paz. El pobre y el violentado necesitan construir su subjetividad y su dignidad rota, a veces totalmente ignoradas porque vienen de siglos de exclusión y violencia. Ser sujeto implica poder elegir, lo cual nos lleva a recordar que «Quizá la opción más profunda, la que da sentido a la existencia, resulta ser la opción entre la adaptación y la esperanza, entre la competencia y el amor, entre el impulso de muerte y el impulso de vida» (José Luis Rebellato). Ser sujeto implica poder salir de la heteronomía dominante y llegar a ser autónomos, que no significa cortarse solos, sino tener una ética, un fiel de balanza propio. Ser sujeto es posible, además, con otros, siendo comunidad, y algo fundamental en la construcción del sujeto es poder romper el bucle de la violencia, esa espiral que nos envuelve, sea la violencia doméstica, la violencia de la calle, la cotidiana, pues estos procesos exigen partir de lo más cercano.

También me gustaría subrayar que el filósofo y teólogo de la India, Felix Wilfred, nos insta a partir de lo concreto y lo concreto es la situación de sufrimiento de los pobres, la ausencia de garantías con respecto a sus derechos. El discurso y el trabajo por los DD. HH., para ser auténtico (para no caer en la defensa de los derechos del individuo y el ciudadano que proclamó la Revolución Francesa para los burgueses de entonces), debe comenzar por abajarse, compadecerse. Dice Wilfred: «Los seres humanos no se definen sólo en términos de razón: son seres compasivos. Y los derechos humanos son expresión de la compasión hacia el sufrimiento de los pobres. El sufrimiento y la compasión son la clave para interpretar los derechos humanos como derechos de los pobres».

Finalmente, termino con un poema de don Pedro Casaldáliga porque el conflicto existe, el mundo está en construcción y ser cristianos no nos exime de la lucha, sino más bien nos coloca en ella a favor de la vida y de la paz, lo cual tiene su costo porque tristemente sabemos que otros están por la muerte y la violencia.

Dame Señor esa paz extraña

Danos, Señor, aquella Paz extraña
que brota en plena lucha como una flor de fuego;
que rompe en plena noche como un canto escondido;
que llega en plena muerte como un beso esperado.

Danos la Paz de los que andan siempre
desnudos de ventajas
vestidos por viento de una esperanza núbil.
Aquella Paz del pobre
que ya ha vencido el miedo.
Aquella Paz del pobre
que se aferra a la vida.
Paz que se comparte en igualdad
como el agua y la Hostia.

Pedro Casaldáliga

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Experiencia – Feria de Metodologías para la Construcción de la paz

¿Qué hacer en tiempos de crisis? Esta pregunta puede abordarse con base en iluminaciones pastorales que tocan el tema de construcción de paz según la tradición social de la Iglesia. La Doctrina Social de la Iglesia (algunos la llamaban, y la siguen llamando, “nuestro secreto mejor escondido”, o “nuestro tesoro mejor escondido”, porque es un tesoro fantástico para compartir con el mundo desde la fe) nos permite partir de la realidad para ver, después de un análisis, cómo volver a ella. Cuando hablamos de la paz hay que considerar que una paz impuesta no es una paz cristiana, ni es una paz verdadera para ser, ni es una paz sustentable, ni una paz fructífera. Si recordamos la pax romana, en los tiempos del Imperio romano, la paz consistía en “Yo te protejo, vos tenés que pagar los impuestos, pero si decís algo en contra de nosotros, pues, quedas out del sistema, quedas fuera”. Esto no es paz, no es una verdadera paz.

Lo que se llama “paz romana” hoy en día se puede aplicar de distintos modos; por ejemplo, hay algunos que consideran que teniendo armamentos de destrucción masiva estarían generando una especie de paz, pues si los usan perderían todos, entonces nadie los usará. Pero eso no es en realidad la paz; podría llegar a ser ausencia de conflictos graves, podría, porque siguen existiendo conflictos, pero no es la paz de la que hablamos nosotros los cristianos, no es la paz de Cristo. Pero tampoco es la paz que la mayoría de las personas desea. Tener armas, invertir en armas, siempre constituye una carrera que gana el que más tiene, el más grande, y la paz donde el más grande es el que impone tampoco es paz. Para hacer una analogía que todos conocemos, recordemos cuando estamos en tiempo escolar: aquí la paz consiste en no pelear porque hago todo lo que dice el grandote que está al lado mío. Pues bueno, eso no es paz, porque en el fondo eso es una paz basada en el miedo y en la amenaza. Esta última puede ser de un solo lado, o puede ser una amenaza mutua (es el caso de las armas nucleares o armas de destrucción masiva). Pero esto no es paz, o podríamos decir que se trata de una paz impuesta que puede llegar a presentarse como carencia de conflictos, pero al ser una paz impuesta desde afuera de modo heterónomo, al no ser una paz que viene de adentro, que viene de los seres humanos y de las relaciones, no es sostenible.

Lo que estoy hablando no es abstracto. Esta época de COVID representa la pandemia más dura que nos ha tocado vivir en tiempos modernos porque abarca a millones de personas. No solo ha muerto más del millón de personas, sino también millones han perdido su trabajo, millones de pequeños agricultores, pequeñas empresas cerradas. Latinoamérica, que tiene cuarenta por ciento de su fuerza laboral en la economía informal, necesita en estos tiempos más que nunca invertir en respuestas socioeconómicas para las personas, salud, seguridad. Pero se está invirtiendo en armamentos convencionales, químicos y nucleares, lo cual es un grito que clama al cielo, es una irracionalidad y no es un modo de promover la paz.

En estos momentos más que nunca necesitamos promover una paz genuina, utilizando los recursos que hay, no para competir, sino para colaborar y para invertir, no en armas sino en el desarrollo, el desarrollo social, en salud, educación, en reducir la brecha entre los más grandes y los más chicos, entre los que más pueden y los que menos pueden. Observemos lo que ocurre en los colegios y escuelas actualmente: los que tienen acceso a internet, los que tienen una casa y una familia donde pueden trabajar, pueden continuar su escolaridad, pero aquellos que no, pues simplemente se quedan atrás. Lo mismo sucede con la comida, el acceso a la salud, el acceso a la vacuna. Observemos lo que nos pasa a los países latinoamericanos: como no estamos considerados entre los países más pobres del mundo entonces no llega la asistencia de las Naciones Unidas para la vacuna, entonces los países latinoamericanos se tienen que endeudar para comprar vacunas, pero ya tienen unas deudas insoportables. Entonces, estamos hipotecando el futuro: es imposible desarrollarse así.
Todo esto quiere decir que este el momento para invertir en esa paz genuina que cambia los corazones, las relaciones y las instituciones, y que genera una cultura del cuidado, no solo a otros seres humanos, sino también a toda la creación. Este es el momento de invertir en ese cuidado de otros que genera paz verdadera, pero incluyéndonos en todos los ecosistemas, haciendo la paz también con nuestra Madre Tierra, con la que estamos casi en guerra.

Si como decía Pablo VI en la encíclica Populorum Progressio, a fines de los sesenta, el nuevo nombre de la paz es ‘desarrollo’, es importante decir que nosotros creemos en el desarrollo humano integral de toda la persona y para todas las personas. Esto se explica un poco más concretamente con la riqueza de la tradición latinoamericana del papa Francisco cuando dice: “Pensemos en estas tres ‘T’: tierra, techo y trabajo, porque es fácil de recordar y es una linda imagen”. Dios nos encomendó la tierra a todos, no solo a algunos, por eso no puede ser que algunos tengan casi toda la tierra y otros nada. Dios nos la encomendó para trabajarla y cuidarla, no se puede trabajar la tierra sin cuidarla, no se puede cuidar la tierra sin trabajarla, porque también nosotros necesitamos comer. En Génesis 2 se habla de trabajar y cuidar la tierra que nos encomendó Dios a todos, pero la tierra no solo es nuestra hermana, nuestra madre, la que nos sustenta, nos sustenta en nuestra vida, sino también es nuestra peregrina. La Tierra se preparó por millones de años para que nosotros podamos existir, porque somos terráqueos, hijos hechos de la tierra, y si cambiamos el modo en que la Tierra se preparó para dar lugar al ser humano, pues entonces dejará de s er un hábitat para nosotros y no podemos hipotecar ese futuro para las próximas generaciones.

Para trabajar la tierra y cuidarla necesitamos nuevos sistemas agrícolas donde haya más lugar para lo local. Por eso es importante que volvamos a recuperar la tradición de lo local, sin desestimar la globalización, pero la globalización con sabor local –como dice Fratelli tutti–, donde podamos recuperar esta noción. Lo local es importante porque implica muchos menos costos para ser transportado; además, nos ayuda a comer más sano y a generar más trabajo. Pero también necesitamos un nuevo sistema agropecuario que trabaje con un enfoque de sostenibilidad y sustentabilidad, pensando seriamente qué es lo que utilizamos para cultivar la tierra, qué químicos utilizamos, qué pesticidas utilizamos, cómo se comercian después los alimentos, cuáles son los impuestos, las tasas para la comercialización de alimentos y cómo estos se distribuyen. En la actualidad se da un cuello de botella en los mayores distribuidores, los supermercados, y eso genera que se pierda gran cantidad de alimentos, incluso tenemos el récord de desechos de alimentos; tenemos alimentos para todo el mundo, pero millones de personas se mueren de hambre en el mundo, sí, muchos más millones de muertes de las que causa el coronavirus, la malaria y el dengue juntos. Esto implica que el desarrollo y la paz requieren un nuevo modo no solo de cuidar la tierra, sino de trabajarla. Eso a la vez requiere una nueva justicia alimentaria, un nuevo sistema alimentario, con justicia, será uno que revise el ciclo de cómo se cultiva, qué se utiliza para ayudar al cultivo, quién lo cultiva, cómo, cuáles son los precios, cómo se determinan los precios del mercado, quién los determina, cómo es la comercialización, la distribución y el consumo. Este es un tiempo maravilloso para repensar todo esto, una nueva justicia de la tierra.

La segunda “T” se refiere a techo. El techo es interesante porque todos queremos techo, pero, de nuevo, muchas personas no tienen techo o tienen un techo indigno. Esto debemos cambiarlo porque sin techo y con techo indigno tampoco hay salud y, si no hay salud, el techo no sirve para nadie y tampoco sirve para el desarrollo. Y, como hemos dicho, si no hay desarrollo no hay paz.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los países que participaron en esta guerra impulsaron grandes programas para que todos pudieran tener techo. En Latinoamérica nos hemos olvidado de que el techo no solo beneficia a quien lo tiene, sino beneficia a toda la comunidad. Una de las principales tareas que tiene la humanidad es construir nuevos techos con nuevas tecnologías, de manera que los materiales que se utilicen sean totalmente sustentables, no solo sin dañar la tierra, sino hasta produciendo algo mejor. Esto ya está ocurriendo en algunos lugares donde los edificios no solo no contaminan sino, por los materiales que se utilizan, producen además algo verde, producen agua limpia, producen comunidad. O sea, la cuestión es no solo no dañar, sino aplicar las nuevas tecnologías para que todos podamos promover algo bueno, tanto a nivel social como comunitario y ambiental. Las parroquias tenemos que empezar a hacer esto.

Todo esto implica pensar en fuentes de financiación, lo cual en este momento conlleva a una mezcla entre financiamiento privado, porque es rentable, pero también financiamiento público, para garantizar que pensemos en bienes públicos que interesen a toda la sociedad.
Finalmente, el tercer elemento es el trabajo, el cual siempre ha sido clave y central para la Doctrina Social de la Iglesia y la paz. Cuando la gente no trabaja es imposible estar en paz. Eso lo vivimos, lo conocemos en Latinoamérica: si uno tiene más del diez por ciento de la población sin trabajo –no digamos si uno tiene treinta o cuarenta por ciento sin trabajo–, pues es imposible alcanzar una paz verdaderamente sustentable y fructífera. El trabajo no es solo una operación objetiva externa que realizo para obtener una remuneración; según la Doctrina Social de la Iglesia, el trabajo es parte de nuestra dignidad, es parte de nuestro ADN: somos y estamos hechos para trabajar y para cocrear con el creador.

Actualmente con la pandemia de COVID se vio cómo personas que trabajan y están muy mal remuneradas resulta que son esenciales para el funcionamiento de la sociedad: las enfermeras, los enfermeros, los médicos, los que limpian las calles, los barrenderos, los distribuidores de comida, los maestros, los que cuidan los niños, los que cuidan los ancianos. De repente nos dimos cuenta de que, en comparación con la remuneración que reciben, que es muy mala, el aporte que traen a la sociedad es sumamente importante, es decir, hay una desproporción entre ambas cosas. Incluso desde los viejos griegos ya Platón decía que la remuneración del trabajo de una persona tiene que estar acorde con la contribución que esa persona realiza a la sociedad; por eso, en tiempos de crisis, esto es algo que hay que cambiar, reajustar, y no quedarnos solamente con la remuneración de mercado. En principio porque los seres humanos somos más que un mercado del toma y daca, pero también porque hay valores que no necesariamente se reflejan en un mercado de comercio pero que sí se reflejan en la sociedad. Este tipo de trabajos, que tienen que estar valorizados, solo un mercado basado en valores lo podría detectar; un mercado basado solamente en el valor monetario-financiero, que es lo que la financialización de la economía propone, no lo puede detectar. Pero la buena noticia es que nos dimos cuenta de que los mercados no vienen del cielo, sino son impulsados o incentivados por miles de políticas, por la sociedad civil, por la empresa, entonces podemos desarrollar mercados basados en valores, unos que reflejen la contribución a la sociedad, y no solo un producto con el cual se compita con base en las leyes del marketing. Esto requiere una nueva mentalidad: esto no se trata de comunismo ni de socialismo, porque esto es algo distinto que nos dimos cuenta justamente en todo este siglo, y que la Doctrina Social de la Iglesia siempre fue desarrollando, pues nunca se casó con el tema de que o todo es comunismo o todo es liberalismo. Entonces es importante generar mercados que puedan generar trabajo digno en el futuro, pero también para la actualidad. Eso es una tarea que hay que desarrollar en tiempos de crisis, y quienes lo hagan también son promotores de paz. Todo esto se puede hacer ahora con el avance tecnológico, que permite que haya trabajos diferentes; el hecho de que avancemos a una especie de robotización de muchos empleos debería darnos lugar a que otros trabajos que quizás no son remunerados los remuneremos públicamente. Ya hay países que están pensando en reducir el trabajo formal a cuatro días o a tres días y que los otros dos días o los días que se reduzcan, las personas se dediquen a una labor pública. De nuevo, esto requiere otra mentalidad, una mentalidad de trabajo conjunto para mejorar la sociedad, para la paz.

Esto es una síntesis de lo que llamamos las tres “T”, que es una linda imagen para mostrar cómo se puede promover el desarrollo y la paz en tiempos de pandemia. Pero también es importante ver qué impide que tomemos en cuenta el camino que estas tres letras sugieren; por ello debemos fijarnos en las raíces de las crisis actuales. La crisis del COVID no es solo sanitaria, es económica, ecológica, política y social. Tenemos que ir a las raíces, como dice Fratelli tutti, como dice Laudato si’ y tantos otros documentos.

Laudato si’ –sobre el cuidado de la casa común– y Fratelli tutti –todos hermanos y hermanas para una nueva fraternidad o amistad social– nos invitan a mirar las raíces para para sanar de raíz lo que nos aqueja, lo que nos enferma, y ver si lo que tenemos no es una paz impuesta, o parches. En este sentido, también hay tres raíces que pueden ser icónicas: una es la mentalidad extractivista y tecnocrática: “Yo extraigo, extraigo de la tierra, extraigo y no devuelvo nada a la tierra”, y luego pienso “¡Uy!, ahora que causé todo este daño, con las nuevas tecnologías lo arreglo: tecno fix”.

Segundo, la globalización de la indiferencia: cuántas veces vemos en nuestras calles, afuera de nuestras casas, en imágenes de televisión, en imágenes de internet, situaciones tremendas de pobreza, de sufrimiento por la guerra, millares de migrantes, campos de refugiados, bombardeos. Ahora que el papa fue a Irak, uno pudo ver que todavía continúa la destrucción de lo que ocurre en la guerra, y a pesar de que miramos, ¡seguimos!, porque claro, necesitamos hacer un poco de apagar, de hacer off, porque si no, es demasiado, y eso va generando la globalización de la indiferencia. Somos indiferentes ante el dolor ajeno, pero eso hay que cambiarlo de raíz, dejar que nos duela y de ese dolor dejar salir algo como el Buen Samaritano.

Y la tercera raíz de la crisis actual es la cultura del descarte, el consumismo que tiene que ver con el anti-techo, el anti-trabajo y la anti-tierra: “Yo produzco para consumir y descartar, produzco para consumir y descartar…”. Y así vamos generando el mundo que se va pareciendo más a una pila de basura, como dice el papa. Eso hay que cambiarlo. Es imprescindible que nos preguntemos cómo generar una cultura diferente, cultivar algo distinto al descarte y el consumismo, de manera que todo lo que se deseche se use para algo más, para producir algo más, algo nuevo, y que además solo consumamos lo que necesitemos realmente para vivir mejor.

En este marco, es importante ir a la raíz para sanar, porque no hay paz sin desarrollo. Para poder sanar necesitamos algunas herramientas, y aquí les propongo tres: uno, el diálogo, que no es solo hablar, sino también es escuchar respetando al otro, sabiendo que el otro puede tener algo nuevo que decir, promoviendo una cultura del encuentro y promoviendo cosas nuevas. En Fratelli tutti el papa llama a quienes hacen esto “los héroes del futuro”, ¡qué linda imagen! Y, en ese sentido, yo invitaría a todos los que estamos participando a que seamos estos héroes del futuro, promoviendo el diálogo, pues en medio de un lío bárbaro nadie se quiere escuchar. Basta observar el internet, con redes sociales como el Twitter, donde gente que ni se conoce se acusa, se critica; allí a nadie le importa encontrarse, escucharse para promover algo distinto a lo propio.

Otra posibilidad que nos propone la Doctrina Social de la Iglesia para este desarrollo de la paz y sanar de raíz es la sinodalidad, que se refiere a caminar con otros. Esta palabra alude a la nueva Iglesia, la Iglesia del futuro, que va junto a otros, junto a otras religiones, junto a la sociedad civil, junto a los políticos, junto a los movimientos sociales, junto a los sindicatos, junto a los trabajadores, junto a los empresarios, junto a todos. Caminar con otros, conectándonos junto a los científicos, conectando los sectores. Fíjense lo que pasa en tiempos de crisis, donde no se puede salir de la pandemia si no nos conectamos, pero ahora resulta que los países en vez de colaborar con la vacuna están compitiendo, y observen el resultado: el proceso de vacunación no avanza rápido. ¿Por qué? La pandemia de COVID-19 nos está mostrando todo aquello en lo que fallamos: es preciso no solo el diálogo, sino también una sinodalidad para avanzar al futuro.

Y finalmente, lo tercero, el desarrollo integral, solidario y fecundo, que no solo es desarrollo material, sino es un desarrollo espiritual, educacional, de salud, de comunidad, es un desarrollo para vivir mejor, de modo solidario para ser fecundos como unidad.
Entonces, esto puede ayudar a los líderes si todos lo promovemos: el sínodo de diáconos, con la ciencia, con otros sectores, con otras religiones. Si promovemos esto, los líderes del mundo pueden determinar medidas que estén de acuerdo con esta noción del desarrollo y la paz de la que estamos hablando, si no, es muy difícil. Entonces, si esto lo podemos inspirar desde abajo y lo podemos promover desde las ciencias sociales y las ciencias naturales, desde la nueva ciencia económica que está demostrando que es posible lograr una economía cada vez más humana, y con las religiones, que están demostrando cada vez más que tienen una tradición que puede contribuir.

Hay un problema entonces en la noción de desarrollo, pues si no es integral, si no es fecundo, si no es solidario –y por lo tanto, no es pacífico–, genera esta división enorme que termina en guerra. Un ejemplo concreto es el tema del agua, un recurso necesario para producir y para el mantenimiento de nuestra vida; sin embargo, contaminamos el agua, contaminamos a la gente, entonces la gente emigra y se generan conflictos. Ya están diciendo muchos que las guerras del futuro, o incluso algunas de las guerras del presente se han dado a raíz del agua. Para el caso de Siria, hay un estudio científico muy grande que demuestra que la guerra justo se dio después de la sequía más grande que tuvo esa región. Esto permite que seamos testigos de lo que es no conectar el desarrollo con la ecología y con la solidaridad, y no ser fecundo: un desarrollo infecundo genera conflictos.

Eso es lo que las Naciones Unidas denominan desarrollo sustentable y nosotros llamamos, en la Doctrina Social de la Iglesia, desarrollo humano integral. Ambos conceptos tienen algunas diferencias, pero qué bueno, está bien que haya diferencias, aunque la línea de los dos es muy parecida. Lo que sí es novedoso de la Doctrina Social de la Iglesia es que para promover este desarrollo holístico no podemos hacerlo solos, no podemos hacerlo desde la Iglesia solamente, necesitamos hacerlo con todas las otras religiones.

Como nos recuerda el papa Francisco, para promover este cuidado de la casa común, este nuevo sistema de desarrollo sociopolítico, educacional, espiritual, de Laudato si’, necesitamos una nueva relación entre las religiones, y tenemos una responsabilidad muy grande: la responsabilidad de promover esta nueva solidaridad universal que va a permitir la paz. Fratelli tutti es la encíclica de la paz, pero no habla de paz, en el sentido de decir “Ahora hagamos la paz”; habla de qué es lo que ocurre cuando no tenemos paz, y cuál es el camino hacia la paz, un camino junto a otros que tiene que ver con la cultura del cuidado y el servicio. En otras palabras, la cultura del encuentro genera una cultura del cuidado de la que no se puede participar si soy indiferente y si carezco de empatía. La cultura del cuidado, del servicio, genera nuevas estructuras que logran economías circulares, genera solidaridad más global, genera algo positivo. En este sentido, conviene que no nos olvidemos que la paz no es la ausencia de conflictos, sino es promover lo mejor que tiene el ser humano, no como raza humana en sí, pues somos mucho más que seres biológicos: somos seres sociales por naturaleza.

Debemos entonces utilizar todo esto para vivir mejor juntos, no para competir y pelearnos. En el libro Soñemos juntos. El camino a un futuro mejor, el papa Francisco habla de estas tres “T”, tierra techo y trabajo, habla del desarrollo humano integral, pero cuando lo hace se refiere a soñar como una familia humana única y unida, para lo cual tenemos que empezar con nuestras comunidades. Esta es una tarea que podemos empezar ya en tiempos de crisis, sobre todo en tiempo de crisis porque es entonces cuando la gente está angustiada y soñar le hace bien.

La invitación es, entonces, a que como una familia unida soñemos juntos en tiempos de crisis, ¡no esperemos a que termine el coronavirus! Compañeros de viaje de la misma sangre: no nos olvidemos de que somos todos hijos e hijas de Dios, principio clave de la Doctrina Social de la Iglesia, y el principal, la dignidad humana. No podemos seguir discriminando a la gente por su raza, por su lengua, por su ubicación geográfica, por su religión. En tiempo de crisis ha aumentado la discriminación, ¡esto es una vergüenza! Empecemos a considerar a los otros como compañeros de viaje, de la misma sangre, y recordando que somos hijos de la misma Madre Tierra que también clama al cielo por que la cuidemos, y porque ella también quiere ser parte de esta nueva paz.

Si te gustaría descargar la ponencia de Padre Augusto Zampini ¡Da click en el siguiente enlace!

Experiencia – Feria de Metodologías para la Construcción de la paz

Me pidieron que hablara sobre construcción de paz en este tiempo de crisis. Por eso voy a compartir con ustedes algunas reflexiones de un documento del papa, ahora santo, San Juan XXIII, que se llama precisamente La paz en la tierra (1963). En el número uno, el documento señala que la paz en la tierra es la suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia y que esta no se puede consolidar ni se puede instaurar si no se respeta fielmente el orden establecido. Aquí podríamos comenzar a discutir qué se entiende por “orden establecido”, pero en el número dos encontramos ya una respuesta, y es que la misma naturaleza, a través del desarrollo científico, los adelantos técnicos que tenemos, nos enseña que tenemos un orden. En este sentido, creo que toda esta crisis que estamos viviendo, la pandemia misma, es resultado de un desorden iniciado y desarrollado por nosotros los seres humanos. Todos sabemos que el desorden nunca, absolutamente nunca, dará una percepción de armonía, de conciliación entre las partes.

Ahora bien, en este orden hay presencia de los seres humanos que tenemos una dignidad como tal; somos inteligentes, somos libres, y con nuestra inteligencia podemos conocer y descubrir ese orden natural que está alrededor de nosotros. Podemos aprender de ese orden para concretarlo en nuestras relaciones. Por eso, más adelante, La paz en la tierra señala que hay un contraste entre el orden de la naturaleza, del universo, y el desorden que existe entre nosotros los individuos y entre los pueblos, comenzando con la experiencia misma de cada uno de nosotros cuando no logramos armonía y nos convertimos en instrumentos de desorden, afectando el orden universal. Y es que pareciera que a veces las relaciones entre nosotros no pueden ser administradas si no es por la fuerza, y claro, cuando esto sucede lo menos que vamos a tener es paz. Si queremos realmente una convivencia ordenada, provechosa, pacífica, armónica, pues hay un principio fundamental que no debemos olvidar.

Personalmente siempre he dicho que la crisis que vivimos en mi país, Guatemala, es una crisis de humanismo. Nos hemos olvidado de que somos personas. Alguien podría decir “Pero eso no es verdad, todos tenemos conciencia de ser personas”; sin embargo, cuando analizamos qué significa ser persona debemos reafirmar que tenemos dignidad, que tenemos derechos y deberes que nacen de nuestra propia naturaleza y que esos derechos y esos deberes son universales e inviolables, no se puede renunciar a ellos bajo ningún concepto, y que constatamos que esos derechos y esos deberes no son respetados. Entonces, no puedo decir que vivimos en paz.

El fundamento comienza ahí: es decir, nosotros no respetamos el orden puesto por la naturaleza ni tampoco respetamos esa dignidad que da un fundamento al respeto que yo merezco, que los otros deben darme y que yo debo dar a los demás. San Juan XXIII habla de los derechos que tenemos como personas: a la existencia, la integridad corporal, a los medios necesarios para un decoroso nivel de vida. ¿Y cuáles son esos medios necesarios para un decoroso nivel de vida? El alimento, el vestido, la vivienda, el mismo descanso, la asistencia médica y los servicios indispensables que a cada uno debe prestar el Estado. También tenemos el derecho a la seguridad personal en caso de enfermedad, invalidez, viudedad, vejez, desempleo y cualquier otra eventualidad que nos venga a privar, sin culpa nuestra, de los medios necesarios para nuestro sustento (números siete, nueve y once de la encíclica La paz en la tierra).

Si analizamos cuál ha sido la causa fundamental de esta crisis, pues diremos que es la pandemia, pero no podemos olvidar que la pandemia, en el caso de Guatemala, nos encontró en una situación de crisis permanente. Guatemala vive una situación de crisis permanente que se vio aumentada por el conflicto armado y luego por el proceso de globalización. De todo esto, quienes sufren más las consecuencias son las personas empobrecidas. Se trata entonces de situaciones que vivimos crónicamente y que la pandemia ha venido a evidenciar con mayor fuerza, aumentándolas. La mayoría de los guatemaltecos carece de un decoroso nivel de vida, asistencia médica; los hospitales están saturados, están llenos los servicios indispensables que el Estado debe darnos. Muchos alumnos y alumnas no tienen los medios para acceder a la internet y, por consiguiente, no pueden recibir clases. En fin, los derechos fundamentales de los guatemaltecos, en su mayoría, no son concretados, no son vividos. Y entonces, ¿cómo vamos a vivir en paz?; ¿cómo vamos a tener esa armonía que necesito al saber que en cualquier situación que viva el Estado me dará los medios que necesito para poder vivir de una manera digna?

Además de lo que he mencionado, hay otros derechos de los cuales a veces no se habla, como el derecho a la buena fama. En el número doce de la encíclica La paz en la tierra está escrito que, por derecho natural, el respeto debido a mi persona es el derecho que tengo de mantener una buena reputación social hasta que no se demuestre lo contrario. A nadie se le puede decir que es ladrón hasta que no lo demuestren; a nadie se le puede achacar ser una persona corrupta si no se demuestra. Indudablemente que después habrá maneras de ocultar estas verdades, pero necesitamos que yo sea respetado, porque es un derecho natural en mi fama. También tenemos el derecho de tener la posibilidad de buscar la verdad libremente. En una sociedad donde hay tantas desinformaciones, esto es fundamental. Aquí tendríamos que hablar de que a menudo las redes sociales, que podrían tener una función tan útil, tan constructiva, no siempre la tienen. Y no la tienen sencillamente o, mejor dicho, no la cumplen, porque hay intereses ocultos, opiniones equivocadas para ir creando una situación de desinformación. En la actualidad este es uno de los principales instrumentos para crear desarmonía e ir quitando la paz.

Yo tengo todo el derecho de difundir y manifestar mis opiniones, pero adentro de los límites del orden moral y del bien común. Es importante recordar estos dos criterios: el orden moral me pone límites, no puedo decir mentiras, no debo decir mentiras porque al hacerlo no estoy respetando el valor de la verdad, ocasionando un daño muy grande a la sociedad en la que vivo. El bien común (es decir, la real y verdadera posibilidad de que todos puedan alcanzar lo que merecen por el hecho de ser personas) me impone límites: no puedo pasar sobre los derechos de los demás. En este sentido, San Juan XXIII también se refiere a un tema que en Guatemala causa conflictividad: la propiedad privada, a la cual se hace referencia como algo que tiene una función social y, por lo tanto, tiene un límite: el bien común. El derecho a la propiedad privada de los bienes incluye los bienes de producción. Es importante señalar que este derecho supone un medio para garantizar la dignidad de la persona, de manera que esta pueda tener la capacidad de desenvolverse y consolidar la vida familiar y así, entonces, vivir en paz y prosperidad. Muchísima de la conflictividad que hemos tenido en Guatemala –y que seguimos teniendo– tiene que ver con la aplicación de un principio sancionado por la Constitución Política de la República: el derecho absoluto a la propiedad privada. Sin embargo, la enseñanza de la Iglesia es que la propiedad privada entraña una función social, y eso es entonces sumamente importante recordarlo y decirlo.

Otros derechos son contar con información objetiva sobre lo que sucede públicamente; ser educado, tener acceso a los bienes de la cultura, recibir una instrucción fundamental, una formación que me permita vivir. Y claro, entre los derechos debe enumerarse el derecho de venerar a Dios según la recta norma de mi conciencia y profesar la religión en privado y en público. En ese sentido, aquí en Guatemala, por ejemplo, la Iglesia católica decidió que no hubiera procesiones –que forman parte de una tradición y una religiosidad popular de mucho tiempo– porque pueden ser una fuente de contagio. Nosotros los obispos, desde la responsabilidad que tenemos, necesitábamos poner esa restricción porque hay un bien común que estamos buscando, de manera que, aunque haya libertad de practicar la religión, esa libertad viene ahora restringida por la situación que estamos viviendo.

En La paz en la tierra también se habla de los derechos económicos. En este sentido, el ser humano tiene derecho natural a que se le facilite la posibilidad de trabajar y tener una libre iniciativa en el desempeño del trabajo. Pero si algo ha puesto en evidencia la crisis ocasionada por la pandemia es que realmente muchísimas personas perdieron su trabajo; hay empresas que cerraron y que despidieron a los trabajadores con la esperanza de que les hayan reconocido sus derechos a la indemnización, que les hayan reconocido sus derechos en cumplimiento del código laboral guatemalteco. Indudablemente, este derecho tiene que ver con el derecho de exigir que las condiciones de trabajo sean tales que no comprometan mi integridad moral ni mis energías físicas, y que tampoco se me impida desarrollarme normalmente como persona.

En el número diecinueve de la encíclica sobre la que reflexiono se alude a una situación que creo es importante al hablar de Guatemala, y es referida a la mujer. Leo textualmente: “Hay que darle la posibilidad de trabajar a las mujeres en condiciones adecuadas a las exigencias y a los deberes de esposa y de madre”. Yo creo que, en ese sentido, las mujeres trabajadoras que están afiliadas al IGSS (Instituto Guatemalteco de Seguridad Social) tienen la posibilidad de que esos derechos les sean reconocidos.

En el número veinte se menciona la obligación que supone el derecho a que los trabajadores sean retribuidos con un salario establecido conforme a las normas de la justicia, y por lo tanto, según las posibilidades de la empresa. Aquí entraríamos en un debate porque la pregunta es “¿Será que es mejor tener empresas que no cumplan con todas las obligaciones laborales pero que al menos están dando un puesto de trabajo, o es mejor no tener esas empresas?”. Pero al derecho de trabajar –escribe San Juan XXIII haciendo una memoria de del Papa Pío XII–, al deber de trabajar impuesto al hombre por la naturaleza, corresponde también un derecho natural por el cual puede pedir a cambio de su trabajo lo necesario para la vida propia y la vida de sus hijos: yo trabajo pero recibo lo necesario para mantener mi propia vida y mantener la vida de los hijos.

Aquí hay otro tema que tiene que ver mucho con la crisis que estamos viviendo en el ámbito migratorio. Estaba viendo información según la cual tenemos un numero grandísimo de menores no acompañados que están en los Estados Unidos y necesitan atención. San Juan XXIII dice: “25. Ha de respetarse íntegramente también el derecho de cada hombre a conservar o cambiar su residencia dentro de los límites geográficos del país; más aún, es necesario que le sea lícito, cuando lo aconsejen justos motivos, emigrar a otros países y fijar allí su domicilio[22]. El hecho de pertenecer como ciudadano a una determinada comunidad política no impide en modo alguno ser miembro de la familia humana y ciudadano de la sociedad y convivencia universal, común a todos los hombres”. Es importante destacar, sobre todo, que no se niega que haya una convivencia universal que es común a todas las personas: este es un principio que debe ser aplicado en el tema migratorio.

Si hablamos de una crisis migratoria tendríamos que resolverla y tendríamos que enfrentarla desde esta perspectiva de la Doctrina Social de la Iglesia y de la realidad de las legislaciones. Así que este tema sigue siendo fundamental. Si no se logra una conexión entre los derechos y los deberes, pues lo que resulta es conflicto, es crisis. Pero ¿qué sucede cuando en una realidad como la nuestra necesitamos lograr esa conciliación entre derechos y deberes?, ¿cuáles deberían ser no solo las actitudes, sino también las disposiciones, las normas? El derecho a la existencia, por ejemplo, tiene el deber de conservar la existencia; sin embargo, en un país con el número de crímenes que tenemos –sea este país o sea otro en el que los homicidios estén a la orden del día–, ¿qué vamos a hacer?

Como dice la encíclica: “29. Por ello, para poner algún ejemplo, al derecho del hombre a la existencia corresponde el deber de conservarla; al derecho a un decoroso nivel de vida, el deber de vivir con decoro; al derecho de buscar libremente la verdad, el deber de buscarla cada día con mayor profundidad y amplitud”. De manera que a cada derecho natural de la persona corresponde a los demás el deber de reconocerlo y respetarlo, es decir, para cualquier derecho fundamental de la persona que deriva de la fuerza moral de la ley natural porque soy persona, porque tengo una dignidad, existe un deber correlativo. Por consiguiente, no se trata solamente de reivindicar los derechos, sino también de cumplir mis deberes y darle a ello la importancia debida, porque si no, si solamente exijo derechos y no cumplo deberes, es como que estoy construyendo el edificio de la paz con una mano y con la otra lo boto (que es el ejemplo que el papa nos ofrece en el número treinta).

Luego, en el número treinta y dos, está escrito que “No basta, por ejemplo, reconocer al hombre el derecho a las cosas necesarias para la vida si no se procura, en la medida posible, que el hombre posea con suficiente abundancia cuanto toca a su sustento”. Eso quiere decir que un problema muy serio que causa crisis en nuestro país, por ejemplo, es la falta de alimentos, de alimentos nutritivos y en cantidad suficiente para que las personas puedan tener una buena salud. Eso quiere decir que, a pesar de que Guatemala es signataria de los derechos sociales, económicos y culturales, el derecho a la alimentación no está asegurado, y mientras no haya un cumplimiento de ese derecho a la alimentación –y estoy pensando sobre todo en el caso de la desnutrición crónica infantil que en este país tiene un número altísimo de casos–, no vamos a vivir en paz, habrá siempre conflictividad porque no se está buscando la realización de aquello que mi naturaleza humana me pide y me exige. Es cierto también que todo esto va a suponer el que todos reconozcamos y cumplamos mutuamente nuestros derechos y nuestros deberes, esta es la utopía, ese es el ideal: yo respeto tus derechos, tú respeta los míos; yo cumplo mis deberes, tú cumple tus deberes. Es en esa interrelación, entonces, de armonía entre cumplir mis derechos/cumplir mis obligaciones, y esto puesto a nivel de la sociedad, donde podríamos lograr vivir en paz, vivir en armonía: esa es la utopía, ese es el ideal.

Al respecto de la convivencia civil en tiempo de crisis –una crisis que, repito, no es solamente de ahora, sino es una crisis crónica–, se habla de los fundamentos de la convivencia humana. Pero ¿cuáles son esos fundamentos? La verdad, la justicia, el amor y la libertad: esos son los fundamentos para convivir en paz y en armonía. Cada uno de estos valores, que también puede ser considerado una virtud, es el fundamento y la base para vivir en paz.

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