La Mesa Compartida


8 julio, 2014

… “SER DISCIPULOS QUE SABEN COMPARTIR LA MESA DE LA VIDA, MESA DE TODOS LOS  HIJOS E HIJAS DEL PADRE, MESA ABIERTA, INCLUYENTE, EN LA QUE NO FALTE NADIE.” (Documento de Aparecida. Mensaje final)

“Berta es una mujer de 26 años que vive en  una comunidad de la costa pacífica de Costa Rica, tiene dos niños y una niña, Raúl de 10 años, Francisco de 8 años y Sara de  6 años. Ella aún espera a su esposo que lleva más de 5 años perdido en el mar. Ella  se acerca a una oficina de Pastoral Social-Cartitas parroquial con la voz entrecortada y los ojos llenos de lágrimas,  con la queja: soy una mujer sola y no tengo con que alimentar a mis chiquitos”.

Berta, como tantos hombres y mujeres de nuestra América Latina y del Caribe, salen todos los días para construir un plato de comida y lo tratan de procurar con un trabajo honrado, en la mayoría de los casos, otros y otras lo adivinan y lo llevan a sus hogares de formas “más creativas” porque la habilidad y las circunstancias no dan para más.

Caminado en la fe: como hombres y mujeres que caminamos y vivimos en una comunidad de fe buscamos nuestras respuestas en la Buena Nueva de las Sagradas Escrituras  y en la Doctrina Social de la Iglesia, sin dejar por fuera las razones políticas y económicas.

Cuando nosotros y nosotras pensamos en comer, sembrar la tierra y cosechar no podemos dejar de pensar en el libro del Génesis 1:31 “Dios vio que todo cuanto había hecho era muy bueno”. Los y las que cultivan la tierra están llamados a continuar con el plan de Dios.

En todas las Escrituras escuchamos de una visión perdurable de “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Is 65:17) donde reinará la justicia de Dios (cf. 2 Pe 3:12, Ap 21:1). El Antiguo Testamento nos llama a velar por la tierra y proveer a quienes necesitan alimento, especialmente a quienes son pobres y marginados. La tradición del Año Sabático es un ejemplo: “Pero el séptimo año será un sábado, un descanso solemne para la tierra, un sábado en honor de Yavé. No sembrarás tu campo ni podarás tu viña” (Lev 25:4). Dios explica a Moisés que la tierra debe ser usada para proveer de alimento a todos los que lo necesiten: “Lo que produzca naturalmente la tierra durante su descanso, servirá de comida a ti… a tu jornalero y al extranjero que vive junto a ti…” (Lev 25:6).

Jesús nos advierte contra el egoísmo y la codicia y nos llama a alimentar al hambriento y mostrar especial preocupación por las y los pobres. En el relato del Juicio Final, Jesús nos recuerda que uno de los criterios éticos   fundamentales de nuestras vidas será como hemos cuidado a nuestro prójimo: “Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer” (Mt 25:35).

Viviendo nuestra fe: la Doctrina Social de la Iglesia centra su enseñanza en la  dignidad de toda vida humana. Creada por Dios y redimida por Cristo, toda persona posee una dignidad fundamental que proviene de Dios, no de ningún atributo o logro humano. Como la vida de cada persona es un don sagrado de Dios, todas las personas tenemos un derecho a la vida que debe ser defendido y  protegido desde su principio hasta su final. La dignidad de toda persona debe respetarse siempre porque cada persona es un precioso hijo e hija de Dios.

A la luz de nuestro compromiso con el derecho a la vida de cada persona, creemos que todas las personas tienen también derechos básicos al sostén material y espiritual, incluyendo el derecho al alimento, que son necesarios para sustentar la vida y vivir una existencia verdaderamente humana. Este claro compromiso con la dignidad y valor de toda vida humana debe reflejarse tanto en las elecciones y acciones individuales como en las políticas y estructuras de la sociedad.

Vinculada a la dignidad de la vida humana está nuestra comprensión de la naturaleza social de la persona. Como nos cuentan los relatos de la Creación, estamos hechos a la imagen de un Dios Trino y estamos creados en relación con Dios y con unos a otros. Nuestra naturaleza inherentemente social significa que las estructuras de la vida social, política y económica deben reflejar el respeto básico por la dignidad de toda persona humana así como un compromiso con el bien común. Esto empieza con un profundo compromiso con la familia como el fundamento de la sociedad. También lleva al principio de la solidaridad, la comprensión de que como hijas e hijos de Dios todos somos hermanos y hermanas, sin importar cuán diferentes o distantes podamos parecer. El Libro del Génesis resalta la relación central entre la humanidad y el resto de la creación, la cual merece nuestro cuidado y protección.

Nuestro compromiso con la dignidad de toda persona requiere especial preocupación por quienes son pobres y vulnerables, cuyas necesidades son las más grandes, y cuya vida y dignidad se ven a menudo amenazadas por el hambre, la pobreza y el sufrimiento. Para que  vivamos  una vida que valga su dignidad dada por Dios, la Doctrina Social de la Iglesia señala el derecho y el deber de trabajar, el derecho a la iniciativa económica, los derechos de las y los trabajadores a condiciones laborales seguras, salarios y beneficios decentes, y el derecho a organizar y afiliarse a asociaciones que aseguren estos derechos.

Deseamos reconocer y aplaudir a tantas familias que trabajan la tierra para ellas, la agricultura no es sólo una manera de ganarse el sustento; es una forma de vida. No es sólo un empleo; es una vocación y una expresión de fe.

Acciones desde la fe:

Superar el hambre y la pobreza. La presencia de tanta hambre y pobreza en nuestros pueblos es un grave escándalo moral. Las metas principales de las políticas agrícolas deben ser proporcionar alimento a todas las personas y reducir la pobreza entre los hombres y mujeres que trabajan la tierra. Una medida clave de todo programa e iniciativa legislativa agrícola es si ayuda a las y  los agricultores más vulnerables y sus familias, y si contribuye a un sistema alimentario global que provea nutrición básica para todos y todas.

Proveer un abastecimiento alimentario seguro, asequible y sostenible. Los sistemas agrícolas de nuestras comunidades no  han tenido  éxito en abastecer de alimentos suficientes, seguros y asequibles a sus  consumidores. El cuidado de la tierra y los recursos acuíferos debe despertar especial atención dentro de las prácticas agrícolas  de nuestros pueblos. Además, un buen uso de métodos ambientalmente sostenibles de modo que la tierra para cultivar pueda abastecer de alimentos a nuestras comunidades. Nos preocupa que como sociedad sigamos perdiendo tierra agrícola productiva para dar paso a la urbanización a medida que las comunidades y el transporte se extienden.

Asegurar una vida decente a agricultores y trabajadores y trabajadoras agrícolas. Los alimentos pueden seguir siendo seguros y asequibles sin sacrificar el ingreso, la salud o la vida de agricultores y trabajadores y trabajadoras  agrícolas. La DSI insiste en que todos las y los trabajadores merecen salarios y beneficios suficientes para mantener una familia y vivir una vida decente. Las y los agricultores deben poder mantenerse a sí mismos y sus familias mediante su trabajo y cubrir necesidades importantes como la atención en salud y la jubilación. Las políticas agrícolas deben tomar en consideración los riesgos asociados con la agricultura que están más allá del control del agricultor, tales como el tiempo y cambios en los mercados globales. Las políticas comerciales deben reflejar mejor el derecho a la oportunidad económica de todos las y los agricultores dondequiera que vivan. Las políticas agrícolas deben ayudar a garantizar la seguridad de los ingresos básicos y brindar oportunidades de iniciativa económica a los agricultores de nuestra América Latina y el Caribe, con especial atención en las y los pequeños productores.

De igual modo, las políticas públicas deben abordar las necesidades de los trabajadores agrícolas. Una medida clave de las políticas agrícolas, migratorias y laborales es si reflejan el respeto fundamental por la dignidad, derechos y seguridad de los y las  trabajadores agrícolas, y si ayudan a las y los trabajadores agrícolas a proveerse de una vida decente para sí y sus familias.

Sostener y fortalecer las comunidades rurales. Estas son la columna vertebral de la vida social y económica de nuestros pueblos. A medida que las poblaciones rurales declinan y las economías rurales sufren, las estructuras básicas de la vida rural se ponen en riesgo. Las políticas públicas deben alentar una amplia variedad de estrategias de desarrollo económico en las zonas rurales. Deben seguir promoviendo y apoyando la agricultura, especialmente a la pequeña y pequeño productor, como una estrategia para el desarrollo rural.

Proteger la creación de Dios. El cuidado de la creación de Dios es una llamada esencial a los y las creyentes. Las políticas agrícolas y alimentarias deben recompensar prácticas que protejan la vida humana, alienten la conservación del suelo, mejoren la calidad del agua, protejan la vida silvestre y mantengan la diversidad del ecosistema. Una medida esencial de las políticas agrícolas y alimentarias es si protegen el medio ambiente y su diversidad y si promueven prácticas agrícolas sostenibles.

Expandir la participación. Para conseguir un sistema agrícola coherente con estos criterios, debe alentarse una amplia participación y diálogo en el desarrollo de las políticas agrícolas. Se desarrollarán políticas verdaderamente eficaces cuando las personas más afectadas tengan adecuada información, tiempo y oportunidades para hacer contribuciones reales a la legislación, reglamentos, programas y acuerdos comerciales.

Como hijos e hijas de la fe compartimos una preocupación fundamental por la vida y dignidad humana y un compromiso básico con el bien común. … “Ser discípulos que saben compartir la mesa de la vida, mesa de todos los hijos e hijas del Padre, mes abierta, incluyente, en la que no falte nadie.” “En coherencia con el proyecto del Padre creador, convocamos todas las fuerzas vivas de la sociedad para cuidar nuestra casa común, la tierra, amenazada de destrucción. Queremos favorecer un desarrollo humano sostenible basado en la comunión de los bienes entre todos los pueblos”. (Documento de Aparecida. Mensaje final)

Pr. Luis Carlos Aguilar Badilla

(Caritas Diocesana de Puntarenas/Costa Rica y miembro del grupo de trabajo sobre la Campaña Mundial contra la Pobreza)

07 febrero 2013




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